Volar la muerte

Comencé a sobrevolar las ciudades a los 20 años. Primero fue Palma de Mallorca, pasaba por encima de calles pequeñas a poca altura como con miedo a caerme. No fue hasta que volé por Londres cuando realmente me solté. Con más confianza sobrevolaba Trafalgar Square, el Soho, Camden Town, Kentish Town, Islington, Tren Park, Brixton y así durante meses recorriendo mis barrios preferidos de la capital británica.

Volar no es difícil, se necesita práctica como con todo. Al principio pasaba un poco de vértigo, entonces enseguida me venía el miedo y tenía que bajar. Aterrizaba cayendo mal pero haciendo lo posible para no golpearme las piernas. Aunque me las pegara contra el cemento de la ciudad nunca tenía dolores al día siguiente. Jamás tienes agujetas después de sobrevolar las ciudades durante noches enteras. No sé por qué. Debe ser porque cuando ya le coges el tranquillo es sanador y liberador.

En Londres fue un hobby especial porque no conocía mucho la ciudad y fue una manera experimental de descubrirla. Volaba sobre los edificios renacentistas del barrio de Kensington, sobre las imponentes calles que cruzan Picadilly Circus o sobre los alrededores de la catedral de Sant Paul. Nunca llegué a volar por encima de este fascinante templo y aunque a lo intenté varias veces, siempre caía en la estación de trenes al lado de la basílica. Es que esa catedral impone mucho. Es un vuelo que me debo.
Casi siempre vuelo de noche y por las ciudades en las que vivo, quiero decir que si vivo en Tokio no vuelo por Madrid, vuelo por encima de Tokio. Es una forma de simplificar mi vida cotidiana en la ciudad donde escogí vivir.

Cada vez he ido mejorando mi estilo, mi goce entonces, también ha sido mayor porque al principio me costaba relajarme, tenía miedo a caer y entonces volaba bajo. Cuando fui aprendiendo a alzar los brazos ampliamente y a estirarlos como una gaviota, fue cuando dejé mi cuerpo soltarse, y así, más relajada y no tan tensa, pude disfrutar mucho más de mis vuelos nocturnos.

Después me mudé a Buenos Aires. En Buenos Aires volé mucho. Volé sobre el barrio de San Telmo, sobre el de Belgrano, sobre Caballito y también sobre Congreso. Todos los barrios donde casualmente viví. Creo que fue así porque en Buenos Aires convivía con tanto legado emocional y familiar que me costaba salir más allá de mis arrabales. No fue como en Londres donde vivía por el norte de la ciudad y volaba viajando por el casco antiguo o por el centro, no fue así en Buenos Aires. Saltaba desde el balcón de mi piso en Congreso, por ejemplo, para comenzar el vuelo (era un sexto) y me tiraba quedándome sobrevolando el mismo barrio. Cuando vivía en Caballito despegaba desde el patio de la planta baja donde residía y de allí cruzaba por arriba del muro y me adentraba por las callejuelas o las avenidas cercanas, no me iba mucho más allá. Ni se me ocurría irme al Tigre (un barrio que quedaba ya en las afueras de Buenos Aires y bastante lejos de Caballito) o irme a la Plaza de Mayo o al Obelisco que estaban en el microcentro.

Mi volar porteño, se convirtió en una práctica para lo que vendría más tarde: el momento en el que años después realmente volví a entonar Buenos Aires con el más fascinaste de los viajes aéreos que he tenido nunca, cuando papá falleció. En ese momento aprendí a deslizarme como hacen los pájaros.  

Papá se fue de este mundo y me pasé volando sobre su tumba durante meses. Él estaba metido en un cajón funerario de madera oscura abierto con las manos cruzadas sobre su barriga y con los ojos cerrados. Llevaba un traje negro. Solo le veía la cara y las manos porque el resto del cuerpo lo vestía ese traje elegante como el que llevan algunos judíos ortodoxos. Era como una túnica azabache que lo diluía con el color de la noche. Siempre lo iba a visitar de noche, nunca de día.

Es difícil volar de noche. Me cuesta recordar el paisaje porque todo estaba demasiado oscuro. Era en un valle así que no tenía las luces de las farolas como pasaba cuando volaba por las noches de las ciudades. El ataúd estaba abierto y las montañas de  un valle gigantesco lo rodeaban. Era un paisaje espectacular. Aunque fuera de noche con poca visibilidad. Era tan mágico como él.  

Como era un valle y solo había montañas a su alrededor se perfilaba el círculo montañoso que lo rodeaba y sobre esa sierra, solo veía las nubes. Al principio volaba tímidamente a poca distancia de mi punto de partida, es decir desde arriba de la sierra casi a la misma altitud en la que me encontraba. Lo veía ahí a lo lejos acostado. En medio del paisaje. Él estaba en el centro y no se veía nada, más allá de los árboles, su ataúd, su cuerpo y las nubes. El silencio era ensordecedor. Las montañas me susurraban sobre hojas, viento y vida. Pero yo estaba tan absorta observándolo que tampoco podía dedicarme a mucho más.

Así seguí durante muchas noches como si yo fuera un águila arrinconando a su cebo. Daba vueltas por sobre las laderas de las montañas que reunían el valle desde lo alto. Comenzaba el vuelo desde un lado de la montaña hacia abajo y poco a poco, durante varias semanas, me fui acercando a donde estaba él. Volando en círculos. Cada noche los círculos se iban cerrando más.

No podía creer que mi querido papá, ese ser tan fantástico que siempre había estado a mi lado ahora ya no estuviera vivo. No podía acercarme más porque acercarme significaba ver la realidad: papá no se iba a despertar más.

Papá no me iba a proteger más, no me iba a aconsejar más, no me iba a dar más besos de oso, ni de mariposa, ni de vaca, esos besos que yo sé que es el único papá en el mundo que los da que yo soy la única hija que los recibe. No me iba a poder contar más chistes, ni iba a hacer más el payaso por la calle, ni me iba a hablar más de historia, ni reírse de mis bromas, no iba a ser más mi mejor fan.

Ese papá ya no estaba más en acción, estaba postrado en un ataúd esperando a descansar en paz. Después de tanto cáncer y tanta terapia, él solo quería reposar. Su espíritu fuerte aguantó casi seis años. Pero llegó un momento que su hígado lo había conquistado y ya no era papá. Era un ser raro que hablaba raro y nos contestaba mal.  Ya no sabía qué decir ni cómo sacar esa rabia que le debe salir a uno cuando sabe que ya no hay muerte que no le vaya alcanzar y cuando los órganos se han dado por vencidos. Que nunca nada va a ser igual.

Entonces una noche, en mi último vuelo sobre ese lugar, por fin me acerqué  volando a él quedándome suspendida enfrente suyo por un rato. Delicadamente, le tomé de sus manos, las acerqué a mi boca y las besé. Luego, dejé sus manos donde estaban. Cerré al ataúd. Me volví volando a la cama.

Esa noche dormimos los dos en paz. No he vuelto a volar nunca más.

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